Uno puede ser feo y eso se puede cambiar de pocas maneras. En general, los hombres no nos dedicamos a eso y además, nadie pide a un ministro belleza, sino eficacia y que haga las cosas bien.
Peor este Caamaño en cuestión debe tener una pelea personal contra las maquinillas de afeitar o algo parecido, que le confiere un aspecto como de cerdo sucio. Lleva su corbata y su raje sin mucho pundonor, su sastre o asesor tampoco vale mucho, pero eso a veces no se puede evitar, cuando se está mal hecho. Pero la barba de náufrago, lacia, entrecana y guarra es evitable. Más que ministro, diríase que es porquero. Quizás uno de sus cerditos sea más lustroso que el señor ministro.
Si el buen hombre se dedicase a sus labores o fuera un oscuro funcionario de Cuenca (por decir un sitio), no importaba mucho; el problema es que, para nuestra desgracia es un ministro de España y da vergüenza.
Además dice idioteces. ¡Como está el patio, tía Francisca!