viernes, 14 de agosto de 2009

El ministro sin amigos (Caamaño, my love)

El pobre Caamaño, actual ministro de Justicia (al menos, eso dicen) no debe tener amigos.
Uno puede ser feo y eso se puede cambiar de pocas maneras. En general, los hombres no nos dedicamos a eso y además, nadie pide a un ministro belleza, sino eficacia y que haga las cosas bien.
Peor este Caamaño en cuestión debe tener una pelea personal contra las maquinillas de afeitar o algo parecido, que le confiere un aspecto como de cerdo sucio. Lleva su corbata y su raje sin mucho pundonor, su sastre o asesor tampoco vale mucho, pero eso a veces no se puede evitar, cuando se está mal hecho. Pero la barba de náufrago, lacia, entrecana y guarra es evitable. Más que ministro, diríase que es porquero. Quizás uno de sus cerditos sea más lustroso que el señor ministro.
Si el buen hombre se dedicase a sus labores o fuera un oscuro funcionario de Cuenca (por decir un sitio), no importaba mucho; el problema es que, para nuestra desgracia es un ministro de España y da vergüenza.
Además dice idioteces. ¡Como está el patio, tía Francisca!

miércoles, 12 de agosto de 2009

La conciencia (y la sin ciencia)

Al Rey, la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios.
El Gran Alcalde de Zalamea del inmortal Calderón (soldado de Infantería española) define claramente que la conciencia y el honor, el concepto que se tiene personal de las propias opciones es patrimonio del alma. El Rey, el estado, nos puede obligar a muchas cosas por virtud del orden establecido; pero por mucho que el impresentable, feo y desaseado ministro Caamaño todos gozamos de nuestra libertad de conciencia (faltaría más).
Estos paniaguados del socialismo no tienen límite, quieren gobernar hasta sobre lo más íntimo de nuestro interior, quieren quitarnos los símbolos de nuestra religión (donde Cristo murió hasta por el tonto de él) y además pretenden que entremos por su puerta de asesinato y destrucción.
Pues no. Si acepta el aborto y lo obliga a aceptar por ley, que muera él mismo retroactivamente.